El mundo laboral de los primeros cristianos de Roma

Desde mediados del siglo I de nuestra era el cristianismo empezó a dar sus primeros pasos en la capital del Imperio romano. En un primer momento, la comunidad de fieles seguidores de Jesús estaba integrada – en su mayoría – por unos pocos grupos de judíos; pero con el pasar del tiempo, fue aumentando en número conforme era predicada en la ciudad la doctrina de Pablo de Tarso y posteriormente el contenido de los evangelios – Marcos, Mateo, Lucas y Juan.
Asentado el cristianismo en Roma entrado el siglo II, con una comunidad bien desarrollada y formada tanto por judíos como gentiles o paganos, había una imperiosa necesidad de encontrar un lugar donde descansasen los cuerpos de sus difuntos. Para ello se decidió comprar una serie de terrenos a las afueras de la ciudad, que utilizaron como lugar de enterramiento. Conocidas propiamente como catacumbas, estas ciudades subterráneas de muertos fueron utilizadas sobre todo entre los siglos III y V, lugar de reposo eterno para todos los miembros de la comunidad cristiana.

El estudio de las catacumbas ha permitido un mayor conocimiento del cristianismo primitivo en Roma, sobre todo en aquellos temas en los que las fuentes literarias de la época no aportan noticia alguna. Uno de esos temas hoy día conocido gracias a la arqueología y la epigrafía es el mundo laboral de los primeros cristianos. ¿Qué trabajos desempeñaron los primeros cristianos de Roma?
El análisis de las lápidas y los textos en ellas grabados, así como las imágenes o pinturas realizadas en la misma lápida o cámara funeraria, permiten conocer mejor la vida del pueblo cristiano de Roma desde el siglo III al VI. La información es escasa pero referida al día a día de los fieles, que las fuentes literarias no documentan. Gracias a los textos de las lápidas podemos conocer mejor la vida familiar o el mundo laboral y religioso; pero analizando la tumba en su conjunto también podemos distinguir los tipos de enterramientos según la clase social del difunto, desde simples tumbas para los más humildes – a veces anónimas – a tumbas más ricas en cámaras decoradas con frescos para los fieles de clase alta.

En muchas de las inscripciones conservadas, procedentes de las diferentes catacumbas de Roma, los difuntos decidieron poner por escrito el trabajo que desempeñaban en vida. ¿Por qué motivo? Desde la época apostólica el trabajo era entendido como la tendencia natural del hombre para la colaboración de la obra divina, trabajar era un don y un deber social, un medio de sostenimiento para el propio individuo y su familia, así como una manera de sustentar a aquellos miembros de la comunidad que no podían trabajar por impedimentos físicos. El mismo San Pablo escribe en referencia al trabajo “quien no quiera trabajar que no coma” (2 Ts 3, 10), pues el trabajo era una necesidad para la supervivencia de uno mismo. Todos los miembros de la comunidad tenían el deber y obligación de trabajar, excepto los enfermos, huérfanos, viudas y discapacitados.

El mundo laboral romano se basaba principalmente en la agricultura, comercio, artesanía y la pequeña industria, todos ellos trabajos manuales en general, realizados por las clases bajas de la sociedad. Por encima estaba el trabajo intelectual, valorado positivamente y reservado a unos pocos privilegiados.
También los cristianos, como la mayoría de los romanos, desempeñaron todo tipo de trabajos manuales.

El análisis y estudio de las lápidas ofrece todo un repertorio de actividades que en su momento desempeñaron los fieles cristianos de Roma. Desde artesanos, agricultores o comerciantes, incluso aurigas, saltimbanquis o mimos, a senadores y mujeres con destacados cargos comerciales. Un mundo a parte era la vida clerical, el medio ideal para colaborar con Dios en su obra terrenal.
Trabajar era para cada uno de los fieles algo muy importante, tal y como escribe San Basilio de Cesarea en su Parvum Ascetikon , “un medio de crecimiento espiritual, un modo de formar parte de la obra de Cristo, y todo aquello que sirve para trabajar se convierte en sagrado”.

Veamos en detalle algunos de los ejemplos más significativos de las catacumbas de Roma:

En la Catacumba de Domitila, tenemos un mozo de cuadras llamado Constantinus representado en la lápida junto con dos animales.
La Catacumba de Marcelino y Pedro cabe destacar un pescadero de nombre Iulius Marius Silvanus y un marmolista, Eutropos, representado en la losa mientras trabaja en su taller.

San Pablo Extramuros conserva el epígrafe del auriga Eutimius, muerto en el 439.

En Priscila son pocos los textos que ofrecen información sobre la actividad del difunto. Algunos pocos miembros del clero, varios militares, dos enterradores, un lapicida llamado Olimpio y un lechero de nombre Pomponius Felix. También cabe destacar un veterano del ejército romano, Publio Marcello, y un eques llamado Blossius Urbanus.

Uno de los casos más curiosos es la lápida de Vitale en la Catacumba de San Sebastián. Se trata de un cristiano que ejercía de mimo en el mundo del espectáculo. Se conserva la losa funeraria en varios fragmentos, que cubría la tumba situada en el pavimento de la iglesia de San Sebastián, sobre la que fue escrito un texto dedicado por el propio difunto Vitale. El texto ha podido ser traducido no sin cierta dificultad por el padre Janssens (Roma, 1981).
Vitale se dirige primero a la muerte, que no se olvida de nadie, que no sabe de alegrías ni de bromas, todo ello cosas que amaba Vitale y con las que había hecho una buena fortuna. Vitale era una persona alegre, capaz de provocar la risa a los espectadores. Era un gran imitador: capaz de reproducir varias voces y sonidos, casi idéntico a las personas que imitaba. También era capaz de imitar personajes femeninos. La tristeza de Vitale es que todos aquellos que había imitado en vida también han muerto con él.
El texto termina pidiendo a los lectores que le deseen una vida feliz, porque ahora se siente triste.

Llamativo sin duda el caso de Vitale, porque algunos padres de la iglesia como Tertuliano (160-220) u Orígenes de Alejandría (185 aprox – 254), condenaban el mundo de los espectáculos. El mismo Tertuliano en su De spectaculis condena que los fieles se dedicasen a dichas actividades, tanto el mundo circense o el teatro, pero también condenaba a los fieles que asistían a tales espectáculos y representaciones. Porque en esos ambientes se practicaba la idolatría y la perversión. En los circos se mataba gente con sangre y crueldad, mientras que en los teatros se practicaba la impudicia y lo obsceno. Si los fieles asistían a tales espectáculos no podían mantenerse puros en alma y cuerpo. Por eso todo tipo de espectáculo debía ser prohibido a los fieles.

Con la inscripción de Vitale parece claro que algunas actividades del mundo del espectáculo no estaban prohibidas a los cristianos, por lo menos no aquellas que pudieran ofender la moral o fueran violentas. Pero no hay suficientes ejemplos para resolver este problema. Un caso similar es el de Eros pammusus gymnicus, un experto gimnasta, cuya inscripción fue encontrada cercana a las Termas de Diocleciano.

En el Cementerio de Comodila encontramos representado en una losa un enterrador anónimo preparando el cuerpo para su sepultura, y el elefantarius Olympius, un vendedor de objetos de marfil.

El Cementerio de San Valentín, situado en la Vía Flaminia, conserva la lápida de un custos llamado Cicero, encargado del cementerio. También fue allí enterrado el Scholasticus Lascivus, un abogado con nombre de humillación, y un negotias purpuratius, comerciante anónimo de púrpura – importada desde la antigua Fenicia.

Algunas inscripciones de senadores fueron encontradas en la Catacumba de San Calixto, así como un vendedor de verdura llamado Valerius Pardus, el centurión de la quinta cohorte Aurelio Aureliano, un encargado de cocina de nombre Primenius o el moledor de grano Festibus.

Un grupo importante pero limitado de inscripciones contiene nombres de mujeres que desempeñan las más diversas actividades. Algunas de ellas desempeñaron en su día cargos de alto nivel en el mundo del comercio y artesanado.
Tenemos una vendedora de aceita llamada Felicissima en Domitila, una vendedora de cebada de nombre Pollecla, la comerciante de fruta Ursa en Comodila, la vendedora de comida en conserva Aelia. Entre las mujeres artesanas caben destacar costureras y tejedoras, como Vicentia y Cantilla. En los Museos Vaticanos se conserva el epígrafe de una tal Viccentia aurinetrix, fabricante de hilos de oro.
Un grupo todavía menor pero no menos importante son las mujeres de clase alta, Clarissimae Feminae, como Petronilla en San Sebastián o Cassia Faretria en San Calixto.

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