Los juegos del hambre espartanos

Durante los últimos años la literatura juvenil ha experimentado un auténtico “boom”, sobre todo gracias a la publicación de trilogías que tienen como protagonistas un grupo de jóvenes en un mundo de tonos apocalípticos que deben someterse a una serie de pruebas para salvar su vida. De todos esos libros, el de mayor éxito sin duda es “Los juegos del hambre”, en gran parte gracias a su posterior adaptación cinematográfica. Se vende como una historia diferente, fresca, atrevida y cruel. Pero en realidad no tiene nada de novedoso, pues en la antigua Esparta ya se realizaban unos juegos muy similares, y en este caso, no eran ficción. Cada año la sociedad espartana organizaba un terrible juego conocido como la Krypteia. ¿En qué consistía?

La sociedad en Esparta se dividía en tres grupos: los propios espartanos, los periecos (hombres libres sin derechos políticos dedicados a la agricultura, ganadería y comercio) y por último los ilotas. La población ilota trabajaba para el Estado espartano, en una condición casi de esclavitud, encargados de cultivar los lotes de tierra que cada ciudadano espartano poseía. Formaban el sector más numeroso de la población, por ello los espartanos temían una sublevación de los ilotas, como ya ocurriera en ocasiones anteriores. De modo que buscaron el modo de controlarlos y mantener la calma de la situación.
Se dice que cuando el gran y mítico legislador espartano Licurgo estableció las leyes de la sociedad de Esparta, una de las leyes daba solución al problema de la superpoblación ilota (se calcula que había 15 ilotas por cada espartano): cada año se procedería a reducir el número de ilotas mediante un cruento juego, la Krypteia (deriva de κρυπτός “oculto”, “secreto”).
Para conocer los detalles de la Krypteia debemos consultar las “Vidas paralelas” del historiador griego Plutarco (50-120 d. C.). En el capítulo dedicado al legislador Licurgo, “Vida de Licurgo” (28, 3-7) nos explica en qué consistía exactamente:

“Era de esta forma: los éforos (magistrados) a cierto tiempo enviaban por diversas partes a los jóvenes que les parecía tenían más juicio, los cuales llevaban sólo su espada, el alimento absolutamente preciso, y nada más. Éstos, esparcidos de día por lugares escondidos, se recataban y guardaban reposo; pero a la noche salían a los caminos, y a los que cogían de los ilotas les daban muerte…”

Se trataba de una prueba dirigida a los jóvenes espartanos que habían finalizado su etapa de educación, pero solo unos pocos resultaban elegidos, aquellos que habían destacado durante la formación. Los pocos elegidos, si superaban el juego de la Krypteia, demostraban ante el resto de ciudadanos que reunían todas las cualidades para ser ciudadano de pleno derecho.
El pequeño grupo elegido para participar en la Krypteia de ese año (se celebraba una cada año, cuando los éforos/magistrados tomaban posesión del cargo) era enviado fuera de la ciudad, cerca de las aldeas ilotas, con un único objetivo: cada uno de los aspirantes debía matar un ilota. Como cuenta Plutarco, portaban consigo una espada y la comida justa y necesaria para sobrevivir.
Durante el día permanecían ocultos, con cuidado de no ser vistos y siempre escrutando el terreno. Una vez caía la noche, salían de su escondite (de ahí el nombre Krypteia/κρυπτεία de κρυπτός “oculto”) y buscaban y mataban a los ilotas que se encontraban fuera de las casas.
Cuando el aspirante mataba con su espada uno de los ilotas, regresaba a la ciudad, donde se le reconocía su triunfo y otorgaba la plena ciudadanía. El joven había completado con éxito toda la etapa de educación.

Mediante este procedimiento, el Estado conseguía regular el número de la población ilota, además de mantenerlos a raya mediante el miedo, evitando de esta manera una posible revuelta.
Pero también se creó una importante prueba con la que finalizar la formación de los jóvenes espartanos, una suerte de ritual donde debían demostrar fuerza, astucia, valor e inteligencia.

Las imágenes que acompañan al artículo son una reproducción en cómic de la Krypteia, tomadas de la obra de Kieron Gillen, “Three” (2013).

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