Los magos de Oriente

El relato de los Magos nos ha sido transmitido a través del evangelio de Mateo (2, 1-12) en el bloque dedicado a la infancia de Jesús. Es el único de los evangelistas que menciona a estos personajes.

“Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, llegaron unos Magos de Oriente a Jerusalén…” (Mt 2, 1)

En primer lugar, no se especifica el número de magos, que fueran tres se establecería tiempo después. Por otra parte, Mateo dice que se trata de unos magos, usa la palabra griega μάγος. ¿Qué significado tenía en aquel tiempo? Concretamente dos significados: “mago”, como entendemos hoy en día, es decir, persona que practica la magia; o bien “miembro de la casta sacerdotal persa”, sacerdotes y científicos que estudiaban astronomía y otras ciencias.
Otro dato importante que aporta Mateo es su lugar de procedencia: Oriente. Pero, ¿de qué parte de Oriente? No lo explica. Ahora bien, una vez sabemos que μάγος también se refiere a los sacerdotes persas, podríamos suponer que vinieran de la misma Persia. Es más, en la iconografía del cristianismo primitivo se representa a los Magos caracterizados con indumentaria persa (imagen 1). Sin embargo, si su labor era la de científicos dedicados a la astronomía y astrología el lugar de procedencia podría ser también Babilonia.
Quizás una pista sean los regalos que ofrecen a Jesús: oro, incienso y mirra. Un escritor cristiano llamado Justino Mártir escribe hacia el 160 que estos dones son típicos de Arabia, y cuando habla de los magos escribe “unos Magos de Arabia” (Diálogo con Trifón 78,1).

Más adelante, algunas corrientes hablan de reyes en lugar de magos, se dice que eran tres por los tres presentes que llevaban; otras tradiciones hablan de cuatro, incluso doce.
Los nombres de los Magos aparecen por vez primera en un apócrifo cristiano del siglo IV llamado “Cueva de los tesoros”, escrito en siríaco. Se habla de Hormizda, rey de Persia; Yazdegerd, rey de Sabá, y Perozad, rey de Arabia.
Pero la tradición que triunfaría entre los cristianos del siglo VI fue la traducción al latín de una crónica griega anónima, recogida en un catálogo de crónicas medievales titulado “Excerpta Latina Barbari”, donde se denomina a los Magos con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En el “Evangelio armenio de la infancia” (siglos VI/VIII) también se menciona a tres magos: Melkón, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios; y Baltasar, rey de los árabes.

Como decíamos al principio, nadie excepto Mateo habla de los Magos. Ni siquiera Lucas, que también dedica una parte de su evangelio a la infancia de Jesús. Ambos reconstruyen una parte de la vida del Mesías que era prácticamente desconocida. Para elaborar sus relatos toman profecías del Antiguo Testamento que hablan del futuro Mesías para hacer que se cumplan en el nacimiento de Jesús. ¿Se habla también de magos en alguna de esas profecías? La respuesta es sí. En el libro de Números (23-24) aparece un mago llamado Balaán, no israelita, originario de Oriente, que practicaba la magia. En una parte del capítulo (24,17) Balaán predice la llegada del Mesías con la llegada de una estrella, signo divino que habla de un rey divinizado. Mateo hace cumplir dicha profecía en los Magos que vienen a adorar a Jesús, y además, también incluye el fenómeno de la estrella. Todo personaje ilustre de la antigüedad nacía bajo un fenómeno astronómico (como Hércules, Platón, Alejandro Magno, Julio César o Augusto), y el Mesías también nacería en similares circunstancias, como signo divino de que iba a nacer el Hijo de Dios.

¿Cuánto hay de realidad en el relato mateano? No lo sabemos. Pero es curiosa una cosa: unos personajes procedentes del Oriente se presentan en una pequeña aldea, siguiendo una estrella, para adorar a un niño. Llamarían la atención de las gentes sin duda alguna. A ello hay que sumarle la adoración de los pastores y la posterior persecución de Herodes. Cuando Jesús inicia su vida pública como profeta, nadie recuerda quién es. Ninguno recuerda los extraños acontecimientos ocurridos al poco de nacer.
En cambio, es más probable una elaboración teológica de Mateo: los Magos vendrían a simbolizar a los no judíos, que en un futuro próximo verán en Jesús el verdadero Mesías, salvador de judíos y paganos.

Después de adorar al niño, regresaron a su tierra, y nada más se supo de ellos. La tradición posterior nos cuenta que sus restos reposaron en Persia, y a partir del siglo V las reliquias de los Magos fueron llevadas a Constantinopla, pasando después por Milán. Años más tarde, Federico Barbarroja (emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) tomó las reliquias y las trasladó a Colonia. Actualmente reposan en un relicario bizantino en la Catedral de Colonia (imagen 2).

Imagen 1

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Imagen 2

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